Hablemos de disparar. Pistas en directo, concretamente. O mejor dicho, hablemos de ahorrarnos músicos en concierto. Un debate que sin duda, nos hace esclavos de nuestro tiempo. Vivimos en la era de las computadoras, de los DAWS y de la música hecha en habitaciones y los dilemas éticos y morales a los que nos enfrentamos son fruto de esto. Sin embargo, no es la primera vez que el mundo de la música tiene debates sobre cuestiones parecidas. El más reciente que me viene a la cabeza es el uso del Autotune. Este plugin, que se creó con intenciones muy alejadas del arte, ha sido usado, sobre todo, para disimular carencias a la hora de afinar la voz. Sin embargo, 20 años más tarde, artistas que saben cantar muy bien, usan Autotune simplemente como recurso estético. Y esta percepción Autotune = no se sabe cantar ya se superó. Uno puede escuchar los efectos del plugin y pensar que está hecho simplemente por cuestiones de estilo y no porque el artista lo necesite para cantar. De la misma forma, podemos tener este debate con efectos como la reverb, que ya se puede aplicar de manera artificial con software o pedales. De hecho, un buen amigo y uno de los mejores productores que conozco, Gere, tiene un plugin que le permite emular la reverb de salas míticas como la CBGB. Puedes robarle la sala a los Ramones y nadie se cuestiona ya, que el hecho de que estés cogiendo la reverb de un sitio en el que no estás y aplicándolo o a un instrumento que ha sido grabado en una estudio que se encuentra en la otra punta del mundo, sea hacer trampas. O podemos hablar también de la distorsión. Esta ha sido siempre, como bien explica Oriol Russell en su libro