Y de repente silencio.

Hace tiempo que estoy mirando de buscar formas de salir del algoritmo, no solo de Spotify y esta newsletter recogerá algunos de los motivos y reflexiones detrás de este movimiento. Por supuesto hay muchos: venta de armas, relación con Israel, pago insuficiente a los artistas, uso de música generada por inteligencia artificial… Y no todos son monopolio exclusivo de Spotify. Creo que si abrimos el debate de las plataformas de streaming debemos abrirlo para todas y para todo.

En este contexto decidí esta semana probar Bandcamp, que más allá de haberlo usado con bandas pequeñas muy independientes jamás me había planteado que podría usarlo para escuchar a artistas más mainstream. Tampoco es que me fuera al Top 10 del billboard pero la primera cuyo catálogo escogí para escuchar en esta plataforma fue Marina Herlop que, si bien no llenará 4 Estadis Olímpics, como Oques Grases, dentro del panorama catalán es de las pocas que puede decir que se gana la vida con la música. Y además, es muy buena.

Me puse su tercer álbum Nekkuja, un trabajo de 7 temas que no debe llegar a la media hora de duración. Salí a caminar, que es un hábito que estoy intentando incorporar desde hace unas semanas tras ver que mi actividad basal, si descuento mi hora de entrenamiento, hay días que no superar los 2000 pasos, mientras me dispuse a escuchar el álbum de la forma más activa que mi vida me permite hacerlo. Caminar y escuchar música. No es mal plan en verdad. El trayecto transcurrió sin más complicaciones hasta que se terminó el álbum.

Y de repente silencio.

En un instante que no llegó al segundo pasaron por mi cabeza varios pensamientos: repasé mentalmente si había cargado el móvil la noche anterior; me cagué en la puta ante la posibilidad que se me hubiera jodido el dispositivo, pensé que se había podido romper el cable de los auricular (call me performative). Pero no. Sencillamente se había terminado el disco.

Había olvidado lo que significaba esto. Que un artista, en un momento de su vida, decide ponerse a hacer música y que de aquí saldrán un número de canciones, de una duración determinada, que ordenará de una forma muy concreta, con un principio, un desarrollo y un final, para que todas juntas, cuenten una historia y sobre todo acaben inmortalizando una etapa vital. Y cuánto más grande es el artista, más se nota esto. 

Y luego vienen las plataformas de streaming y se lo cargan. Deciden, algorítmicamente, qué canción creen que debe sonar después del White Album de los Beatles. Casi nada. Esta será, casi seguro, otra de los Beatles, probablemente alguna entre sus cinco más escuchadas, canción que habrá sido grabada en otro momento, con otro equipo y que explicará otra historia. Algo así como si después de ver una peli te pusieran 20 minutos cualesquiera de la filmografía de ese mismo director. Pero lo peor sucede luego. Después de esta canción random de los Beatles sonará otra que no será ni tan siquiera de ellos. Probablemente será de la misma época. O tal vez serán los White Stripes que suenan añejos. Vete tú a saber cuáles serán los caprichos de tu algoritmo. Y cuando te des cuenta estarás escuchando un artista que no reconocerás, que sonará un poco a los Beatles, con algo de los Beach Boys y los Who pero que no reconocerás ni identificarás del todo con ninguna banda que hayas escuchado antes. Tendrá un nombre poco inspirado tipo The Parasites o The Suggestions y será una banda creada por IA, cuyos derechos, si los tiene, serán propiedad únicamente de la plataforma. Y ese día estaremos jodidos.