Hablemos de disparar. Pistas en directo, concretamente. O mejor dicho, hablemos de ahorrarnos músicos en concierto. Un debate que sin duda, nos hace esclavos de nuestro tiempo. Vivimos en la era de las computadoras, de los DAWS y de la música hecha en habitaciones y los dilemas éticos y morales a los que nos enfrentamos son fruto de esto. Sin embargo, no es la primera vez que el mundo de la música tiene debates sobre cuestiones parecidas.
El más reciente que me viene a la cabeza es el uso del Autotune. Este plugin, que se creó con intenciones muy alejadas del arte, ha sido usado, sobre todo, para disimular carencias a la hora de afinar la voz. Sin embargo, 20 años más tarde, artistas que saben cantar muy bien, usan Autotune simplemente como recurso estético. Y esta percepción Autotune = no se sabe cantar ya se superó. Uno puede escuchar los efectos del plugin y pensar que está hecho simplemente por cuestiones de estilo y no porque el artista lo necesite para cantar.
De la misma forma, podemos tener este debate con efectos como la reverb, que ya se puede aplicar de manera artificial con software o pedales. De hecho, un buen amigo y uno de los mejores productores que conozco, Gere, tiene un plugin que le permite emular la reverb de salas míticas como la CBGB. Puedes robarle la sala a los Ramones y nadie se cuestiona ya, que el hecho de que estés cogiendo la reverb de un sitio en el que no estás y aplicándolo o a un instrumento que ha sido grabado en una estudio que se encuentra en la otra punta del mundo, sea hacer trampas.
O podemos hablar también de la distorsión. Esta ha sido siempre, como bien explica Oriol Russell en su libro Un cortocircuito formidable, un artefacto abyecto, algo a evitar que nadie quería en sus canciones hasta que los Kinks se hicieron famosos con You Really Got Me. A partir de ahí la distorsión se volvió un producto popular. Sin embargo, en aquel momento también se podía generar el debate de que este efecto disimulaba fallos técnicos a la hora de tocar la guitarra. Y así es de hecho. Una guitarra limpia es mucho más difícil de hacer sonar bien que una guitarra distorsionada. No obstante, este planteamiento a día de hoy es absurdo. Sabemos que muchos de los mejores guitarristas del mundo usan la distorsión porque les gusta ese sonido y no porque la necesiten. Con lo cual, podemos también determinar, que si había una posible contradicción sobre el uso ético o no de la distorsión, ha trascendido.
Incluso, si queremos hacer la cuadratura del círculo, podemos retrotraernos 300 años atrás y plantearnos si músicos como Ferran Palau o Bob Dylan hubieran existido antes de la invención del micrófono y la amplificación. Son músicos que por su propuesta requieren de una música muy recojida, íntima y suave que antes de la aparición de la amplificación no hubieran podido realizar. El debate pues, hace 300 años, hubiera sido si el micrófono es legítimo o lo que hace es disimular carencias del músico que es incapaz de proyectar su voz por sí solo.
Queda claro pues que el debate de si disparar pistas en directo o tocar con banda es una cuestión del momento en el que vivimos y que dentro de 20 años habrá trascendido. Por eso creo que la pregunta debe ser otra. Lo que nos tendríamos que preguntar es cuando es ético sustituir músicos en directo y disparar pistas y cuando no lo es.
En este sentido me gustaría dividir mi razonamiento en dos partes. La primera tiene que ver con cómo se ha hecho esta música. Y la segunda con la capacidad del artista de poder costearse profesionales.
En cuanto al primer punto, mucha de la música actual, no se hace en estudios. Se hace en dormitorios con un solo ordenador y la misma persona que la compone es la que la produce, graba e interpreta. Que esta persona lleve consigo un ordenador en directo es como si los Beatles se presentaran en cuarteto para representar sus canciones. Irreprochable. Y luego, si además existen proyectos como Trueno y Paco Amoroso y Catriel que teniendo producciones eminentemente informáticas deciden reversionar sus temas en directo para ser interpretados por músicos humanos, pues ya sacamos el cava y brindamos.
El debate aparece, cuando otros artistas que sí han requerido de instrumentación acústica para hacer su música se ven en la tesitura de tener que defenderla en directo. Y aquí me gustaría hablar, del caso de una buena amiga Aida, conocida artísticamente como Guineu. Ella es una artista catalana con una trayectoria interesante que se ha movido entre lo mainstream y lo underground. De esos proyectos que parece que están a un empujón de “petarlo” (sea lo que sea que significa esto) pero que no acaba de llegar. Cuenta con dos discos de estudio, un Primavera Sound a sus espaldas y con un catálogo recurrente en TV3, con lo que podemos coincidir que no es un artista amateur. Sin embargo no es oro todo lo que reluce. Ella debe lidiar constantemente con una contradicción que es con la que se encuentran la mayoría de músicos no profesionales de este país y es que le encantaría llevar a humanos en directo pero no puede.
Un live de Guineu, si quiere ser representado con todos los músicos que le han acompañado en estudio debe costar, de saque, fácilmente 600 euros solo en cachés. Y luego está lo que ella quiera o pueda cobrar por directo, que suele ser 0. Y la realidad es que a día de hoy, en una escena como la catalana, que Guineu consiga presupuestos de más de 1000 euros para poder hacer música en directo con intérpretes y ella poder ganar algo, es prácticamente ciencia ficción.
Con lo cual, los artistas como ella se enfrentan a una difícil decisión que si mi capacidad lógica no falla solo permite tres soluciones: no tocar, tocar con músicos perdiendo dinero o disparar pistas.
Esto me lleva a una conclusión clara que es la siguiente. Sacados de la ecuación aquellos artistas que han parido su música con softwares y solo puede ser representada en directo de esta forma, el dilema recae en los que usan instrumentos acústicos en sus grabaciones. Aquí hay dos opciones: o eres suficientemente grande como para que alguien pague la fiesta ergo, te los puedes permitir, o no puedes. La alternativa de los que no se lo pueden permitir es no tocar o perder dinero con lo que si quieren tener la más mínima posibilidad de acabar traccionando el suficiente interés como para poder contratar músicos en algún momento, no les queda otra alternativa que montar live sets más optimizados disparando parcial o totalmente todas las pistas que no toquen ellos. Con lo que todas las miradas deberían ir dirigidas al grupo que nos queda, que son los músicos cuyo arte está hecho con instrumentos tradicionales y se pueden permitir contratar intérpretes humanos para sus conciertos. En este caso solo se me ocurren dos posibilidades: lo hacen y gozan y de mi respeto infinito por dar de comer a otros músicos que no han tenido tanta suerte como ellos; o no lo hacen y prefieren disparar pistas para reducir algo más sus gastos, aumentar su rentabilidad y hacerse un poco más ricos con lo que, por lo que a mí respecta, pueden arder en el infierno.