La distancia entre Rosalía y Merzbow

Una de las tradiciones que más me gusta de la Navidad es el Whisky & Wax. Este ritual, que tiene ya prácticamente una década, consiste, como su propio nombre indica, en algo tan sencillo como quedar con unos amigos, beber whisky y escuchar música en vinilo. Un tanto pretencioso, lo sé.

La fiesta tiene sus normas: la música tiene que ser obligatoriamente pinchada en vinilo; para asistir, debes traer como mínimo un disco o una botella de whisky; en cuanto se pone un vinilo, es obligatorio escuchar una cara seguida; y se establece una cola de reproducción que consiste básicamente en acumular un LP tras otro.

La mayoría de mis amigos (me incluyo) venimos de una herencia muy rockera, con lo cual el Whisky & Wax transcurre con una ingesta moderada de whisky y desmedida de rock, entendido en todas sus formas imaginables. Estas han ido desde el You Suffer de Napalm Death, álbum de grindcore de 1 tema por cara de 1 segundo de duración cada una, hasta rarezas de psychobilly de los 80. Todo vale en el Whisky & Wax.

Este año decidí romper esta norma no escrita y pinchar el Kick I de Arca. En cuanto empezó a sonar, rápidamente mis amigos se percataron de que algo extraño estaba sucediendo. De que no eran habituales ese tipo de sonidos, texturas, ambientes y ritmos en nuestra tan querida fiesta de músicas analógicas. Les expliqué quién era Arca, lo que hacía y qué papel jugaba en la industria hasta que uno de ellos (probablemente el más rockero de todos) me sorprendió con una pregunta: “¿Pero a ti realmente te gusta esto?”.

La pregunta me dejó pensando. Varios días, de hecho. ¿Me gusta Arca de verdad? Sé que la escucho. Y sé que lo hago en solitario y no solo cuando hay gente mirando (¿os imagináis?). Pero, ¿me gusta Arca? No lo sé. No sé si me gusta. Pero sé que hay preguntas más interesantes para hacerse. Por ejemplo, ¿es necesario que te guste Arca para escucharla? Es más, ¿es el gusto el único criterio por el cuál exponerte a una forma de arte?

Darle respuesta a estas preguntas es difícil porque estamos en el terreno de la psique y las posibilidades de pensar que estás siendo honesto contigo mismo mientras que en realidad lo que estás haciendo es construir una narrativa muy compleja para acabar justificando cualquier posible contradicción, son muy altas. Sin embargo me parece haber llegado a un sitio bastante noble. 

Lo primero que pensé es que lo que sobre todo necesitaba para escuchar alguna música es que debía sorprenderme. Pero esa tesis duró lo que tardé en recordar un grupo de Death Metal llamado Caninus cuyos cantantes son perros. Literalmente. Imposible sorprenderse más con un grupo. El problema es que una vez superada la sorpresa, que dura menos de una canción y hechos los pertinentes chascarrillos,  no queda nada. 

Después pensé que lo que necesitaba era que la forma de arte a la que me expusiera me estimulara. Pero hay varias formas de estimulación y muchas de ellas llevan inevitablemente al placer y no es siempre placer lo que genera el arte. Ethel Cain sacó el año pasado el disco con el que más miedo he pasado jamás. Y The Caretaker tiene, en la serie de discos Everywhere at the end of time, de lo más perturbador que se ha hecho en la historia. Y ambos están entre mis intereses. Así que no podía ser solo “estimular”. Miré entonces, qué se encontraba un paso más allá de la estimulación. 

El arte para no ser mero entretenimiento debe suponer una forma de desafío. Que establezca un grado de reto suficientemente alto como para poder enfrentarte a él sin abrumarte y no tan bajo como para que resulte aburrido. Esta debe ser su naturaleza. 

Si hacemos el ejercicio intelectual de poner a Arca en un espectro teórico de desafío y la situamos justo a la mitad del mismo, podríamos tener a su izquierda Aphex Twin o Kavari, un poco más alejado al ruidoso Ryoji Ikeda y casi en el límite al todavía más ruidoso Merzbow, por ejemplo. Mientras que a su derecha podrían estar muy cerca Björk, algo más lejos Yves Tumor y al inicio de la recta Rosalía. Pero están en el mismo espectro. Y esto es fractal, multidimensional e infinito. Cada artista está, a su vez, a la derecha y a la izquierda de alguien; cada artista supone, simultáneamente, la versión más y menos desafiante de otro artista; y cada artista es al mismo tiempo reto y deleite. Amenaza y gozo. 

Para un chaval de 14 años que se emancipa musicalmente de los gustos que le han impuesto sus padres y que empieza a escuchar metal, Iron Maiden supondrá un desafío que si llega a superar le llevará a otro un poco más duro hasta que se canse de retos. Este cansancio suele venir con el final de la adolescencia y si el joven ha sido suficientemente expeditivo habrá llegado hasta formas más extremas de metal como, yo que sé, Liturgy. Y si lo ha sido menos se habrá quedado con opciones más accesibles como Sleep Token (esperemos que no). La paradoja es que para este joven, que tal vez esté escuchando Mayhem mientras fantasea con quemar iglesias con curas dentro, el nuevo disco de Rosalía estará en el extremo más brutal de desafío mientras que a su vez Mayhem lo estará para otro joven que se ha criado escuchando Reggeaton.

La diferencia entre escuchar FKA Twigs, Arca, Mayhem, Sleep Token, Aphex Twin o Björk es nula. Sean cuales sean tus gustos van a ser abyectos y cómodos al mismo tiempo. Y lo único que te separa de escuchar Rosalía o Merzbow es la distancia que hay entre tu yo del presente y aquel adolescente que algún día se acercó al arte con la voluntad de escoger la incomodidad, la disrupción, la emancipación y la rebeldía.

Y de repente cumplirás 40 y te sorprenderás escuchando lo mismo que los últimos 20 años.

tu Pero no de tiempo como sinónimo de paciencia: “es solo cuestión de tiempo que acabes escuchando Japanoise”. No. De tiempo como sinónimo de pasado. Como equivalente a lo que

en el sentido de cuando perdiste el interés por seguir fue la útlima vez que tuviste int

Concretamente del tiempo que tardes en dejar de buscar en el arte el desafío y empieces a buscar comodidad y entretenimiento.

PD: Si has llegado hasta aquí imagino que sabrás que hago música y que hace un tiempo tomé la decisión de salir de todas la redes y plataformas de streaming y apostar por un modelo más curado y respetuoso para el artista y menos algorítmico. No sé si es un gesto valiente, absurdo o las dos cosas. Pero sea como fuere mi única ventana al mundo es esta web y mi newsletter y esto hace que sea difícil acceder a ella.

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