Salir de Spotify es un error

Cada vez son más los proyectos musicales que se alzan posicionándose como disidentes y ofreciendo una forma de protesta no violenta contra Spotify en forma de boicot. El debate va creciendo y van aumentando las organizaciones que tienen como misión hacer desaparecer la empresa sueca y a poco que uno haya estado muy desconectado de la actualidad de la industria musical, se habrá topado con algún cartel reivindicando un trato más justo al músico, casi siempre capitalizado por un castigo a Spotify. Yo tomé la decisión de salir de allí hace meses. Por supuesto no soy un pionero. Soy solo coetáneo a mi tiempo y como tal, contemporáneo de sus problemáticas. Sin embargo hoy vengo a explicar porqué creo que es un error salir de Spotify.

Para entender la lógica que rige la plataforma de streaming hay que entender en qué contexto se encuentra esta. Si mi rápido googleo no me ha fallado Spotify salió a bolsa un 3 de abril de 2018. Aquel día Spotify dejó la piscina de los pequeños y pasó a jugar en la de los mayores y allí las normas son distintas. En ese momento, la empresa dejó de responder únicamente a sus usuarios (oyentes y artistas) y entró de lleno en lo que la literatura empresarial denomina teoría de los stakeholders. Esta teoría, desarrollada principalmente por autores como R. Edward Freeman, sostiene que una empresa no solo debe rendir cuentas a sus accionistas, sino a todos los grupos que afectan o son afectados por su actividad: empleados, clientes, proveedores, comunidades, etc y, por supuesto, inversores. Frente a la visión clásica de Milton Friedman (según la cual la única responsabilidad de la empresa es maximizar el beneficio para el accionista), la teoría de los stakeholders propone un equilibrio inestable entre intereses muchas veces contradictorios. El problema aparece cuando ese equilibrio se rompe estructuralmente, cuando el capital financiero entra con fuerza en la ecuación y la empresa queda atrapada en una tensión permanente entre su bien común (producir un servicio valioso para todos los actores implicados) y la presión por cumplir expectativas de rentabilidad, crecimiento y escalabilidad propias del mercado bursátil. En ese contexto, las decisiones dejan de ser éticas o culturales y pasan a ser sistémicas. Spotify no “elige” pagar poco a los artistas o invertir en otras empresas de dudosa reputación: responde a una lógica fiduciaria que prioriza al accionista, incluso cuando eso erosiona la relación con otros stakeholders clave. En resumen, como diría Thanos: “soy inevitable”. Veremos entonces, si encontramos a nuestro Iron Man.

Centrar el boicot en Spotify me parece arbitrario, estéril y maniqueo. Por primera vez desde la invención del streaming se ha conseguido generar un debate sobre los límites éticos de este modelo y me aterra que lo estemos desaprovechando hablando solo de Spotify y que dejemos escapar esta oportunidad única en la historia de generar un verdadero cambio en la industria. Pongámonos en el mejor escenario posible: conseguimos hacer bajar las acciones de Spotify, pierden acuerdos con anunciantes, los accionistas retiran capital, los usuarios y los artistas migran a otras plataformas, la empresa entra en bancarrota y definitivamente cierra. Lo conseguimos. Spotify ha desaparecido. Sin embargo, las tres cosas que hacen posible que exista, no. Siguen existiendo todos los músicos y podcasters que alimentan la plataforma de contenido; sigue habiendo gente queriendo escuchar toda la música de la historia de la humanidad por menos de 20€ al mes; y el ecosistema que ha propiciado que una pequeña startup sueca acabe invirtiendo en armamento (también llamado capitalismo), sigue al pie del cañón. De esta forma lo único que habremos hecho será mover un poco las fichas pero el tablero sigue siendo el mismo y será solo cuestión de tiempo que estas se recoloquen y propicien que una de las alternativas que actualmente nos ofrece el mercado coja cierta tracción, genere el interés necesario del público y los artistas y acabe entrando en el mismo vórtice turbocapitalismo que Spotify. Don’t blame the player, blame the game. Y todo esto asumiendo que estas opciones no estén ya metidas hasta las trancas en asuntos turbios. No nos olvidemos que las que se barajan para sustituir a Spotify no son precisamente hermanitas de la caridad. Estamos hablando de Amazon, Apple y Youtube (Google), principalmente. Lo siento, pero se me escapa la risa. Pero si queréis, hagamos el ejercicio de ciencia ficción definitivo e imaginemos que no es ninguna de estas la que se impone sino que acaba siendo la ètica, limpia y simpàtica Bandcamp: la empresa empieza a crecer en interés tanto de músicos como de usuarios y por tanto de discográficas y se convierte en el estándar del mercado. El nuevo Spotify pero ètico. ¿Cuánto creéis que tardará en tomar una decisión de dudosa virtud moral en favor de un crecimiento sostenible del 9% anual que mantenga a sus inversores tranquilos?. Es inevitable.

Los que me conocen desde hace años saben que la política me da una pereza del tamaño de la Gran Pirámide de Giza y que nunca he sido de grandes proclamas. Por eso os juro que jamás en mi vida me hubiera imaginado escribiendo estas líneas pero la única solución que creo que existe al boicot a Spotify (me pongo en pie y alzó el puño para decirlo) es poseer los medios de producción. Cómo se vertebra esto, qué formas puede adoptar y cómo lo podemos articular ya es tema para otra newsletter (o varías). Hasta donde me ha dado tiempo de pensar, tener una web que contenga todo tu catálogo y tu contenido es una forma bastante interesante de presentar batalla y hacerte poseedor de los medios de distribución y producción. Y por supuesto habrá otras que irán surgiendo mucho mejores que esta de un humilde servidor. Pero para que realmente suponga un impacto en la industria y consigamos un verdadero cambio debemos arrancar el poder de las garras de los accionistas y devolvérnoslo a los músicos. Establecer un nuevo tablero que desafíe las normas del juego y las reformule, construyendo una partida en la que podamos incidir.